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Estampillas
EL DUELO ETERNO
(Víctor Domingo Silva)

DICE EL FUEGO:
Yo vivo en las entrañas de la tierra
y soy hijo del sol. Sin mi no hay nada.
Yo soy quien armas da para la guerra.
Soy acero en la espada,
pólvora en el cañón que espanto vierte;
yo abrigo en el vivac a los campeones,
y, origen de la vida, doy la muerte
para el bien de la patria y sus legiones.

DICE EL AGUA:
Yo nací en las entrañas de la tierra
y soy hija del sol. Yo estoy en todo.
Por mí se torna en un vergel la sierra,
y, al beso de la luz, florece el lodo.
Soy quien lleva consigo
el trabajo y la paz. Cielos y mares
cruzando voy por fecundar el trago
que, vuelto pan, alegra los hogares.

EL FUEGO:
Mi prosapia es humilde. Yo me arrastro,
como el mundo. Soy fuerte. Soy altivo.
Yo acompañé en su lóbrega caverna
al hombre primitivo.
Fuego, fuego sagrado
cayó sobre Pentápolis maldita.
No hay mal que no castigue, ni hay pecado
que resista a mi cólera infinita.

EL AGUA:
Mi prosapia es humilde. Hoy me arrastro,
sí, pero mi alma sube
del mar al cielo, convertida en nube.
Me empuja el viento. Me arrebola el astro.
Soy esperanza, y bendición, y vida.
Del ave errátil a la espiga rubia,
todo en el mundo aguarda la caída
de la gota de lluvia...

EL FUEGO:
Yo vibro, desde el seno
de las máquinas férreas, en el ruido
triunfal de los motores, en el trueno
del tren, ¡mi primogénito querido!
Vuela el aeroplano,
porque estalla una chispa. Y otra chispa
es la que el aire crispa
cuando lanza la antena el verbo humano.

EL AGUA:
¡Oh, fuego altivo! Ignoras
que eres tan siervo como yo, tan ciego.
El aire, el agua, el fuego,
somos sólo las fuerzas propulsoras
de la naturaleza...
¡de la naturaleza dominada
como nosotros! ¡Ay! Aunque te asombre,
nada podemos; nada
somos, sino instrumentos de grandeza
en las manos del hombre.
¡Qué lucha! ¡Qué espectáculo! Tú ruges;
te retuerces febril como una fiera;
lames el hierro; muerdes la madera...
¡mientras que con titánicos empujes
inflo yo la manguera,
por el férreo pitón busco salida,
y en diluvio sin fin, ebria de vida,
trémula de ansiedad y de esperanza,
caigo sobre tu hoguera maldecida!

¡Oh frenética danza
la que, al luchar los dos, desenvolvemos!
¡Oh, estertores supremos!
Tú eres la tempestad, yo la bonanza;
tú el mal, yo el bien; tú el odio, yo el cariño;
¡mientras tú, criminal, das tus zarpazos,
yo, toda corazón, caigo en tus brazos
cantando como un niño!

Y es a un hombre, al bombero,
a quien yo sirvo. Dócil a su mano,
como a su corazón, un soplo humano,
un aliento inmortal, épico y fiero,
es el que sin medida
me da fuerza y tesón, para vencerte,
para abrir mis tentáculos de vida
por entre tus parábolas de muerte.

Más que tu mismo, del bombero arde
la encendida pupila.
No es la del fanfarrón, ni del cobarde
su noble faz ni su actitud tranquila.
El hacha en alto, trepa la escalera:
no tiembla, no vacila;
corre sobre un tabique ya en escombros;
desaparece; ya no se le espera...
¡cuando de repente, asoma entre la hoguera
con un cuerpo infantil sobre sus hombros!

Y las chispas crepitan;
y cruje la armazón que se derrumba;
y las llamas vomitan
no sé qué infectos hálitos de tumba.
Y llega, entre el ruido
del incendio, el clamor de una campana;
angustioso alarido
como de voz humana
al que responde el son de la corneta,
trémula, aguda, inquieta...
Y entre el humo falaz que se desfloca
en negras espirales,
se ve la torre - espléndido edificio -
desde donde el bombero te provoca,
y héroe del bien, conquistador de ideales,
se gana con su sed de sacrificio
coronas inmortales.

¡Hurra por el bombero
que entre el tumulto del vivir, no olvida
de todos sus deberes, el primero;
¡el de saber ser hombre ante la vida!
¡Hurra por el que, oyendo la campana
de su amado cuartel, se hace más fuerte
que la estulticia humana,
hecha burla, irrisión o vilipendio;
y al desafiar impávido la muerte
halla su apoteosis soberana
entre las llamaradas de un incendio!